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19 may. 2026

Winona Riders: Una ruidosa hipnosis de tres horas

Por Orlando Salerno.

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Winona Riders se presentó por primera vez en Asunción en una fría madrugada que se vio envuelta por una capa apabullante de sonidos hipnóticos y una ética del aguante.

Mientras el resto de la ciudad se abrigaba en la calidez de sus hogares, tras celebrar el Día de la Madre en familia, cientos de noctámbulos asistieron a un verdadero ritual sonoro y psicodélico, a cargo de los argentinos de Winona Riders y los paraguayos de Mi Sueño Póstumo.

Entre el agotamiento y la euforia, se vivió una experiencia que se sintió menos como un concierto tradicional y más como un trance colectivo de poco más de tres horas.

MI SUEÑO PÓSTUMO: Una pequeña banda que suena enorme.

Mi Sueño Póstumo, los líderes de la nueva ola sónica post pandemia de Asunción, se encargaron del acto de apertura de la noche en La Otra Bar, donde presentaron con mucha fuerza las canciones que se desprenden de sus dos EPs: “No queda nada en mí sin vos adentro mío” de 2025 y su homónimo de 2024.

En los recitales de Mi Sueño Póstumo te encontrás con dos guitarras que no suenan: flotan, se desvanecen y colisionan entre sí, cargadas de una reverberación que se esparcía por todo el venue, mientras la base rítmica del bajo y la batería mantenían el pulso que hacía respirar al escenario, con la voz de Rafa Coscia que se funde como un instrumento más.

En temas como “Mi yo mecánico”, “Balls”, “Algo que comiste termina en mi panza”, “Películas” y “Juan”, entre otros más, los MSP ya habían agitado a los presentes, por lo que exigían al acto principal a redoblar esfuerzos, porque la vara estaba por los techos.

La banda terminó su set compartiendo sus instrumentos con el público que terminaron llevando en alzas las guitarras y tocando las cuerdas, para un momento noisey participativo.

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WINONA RIDERS Y SU RITUAL DE RESISTENCIA

El periodista argentino Yumber Vera Rojas, describió a la banda: “En una época donde la inmediatez domina, la osadía de tocar más de 180 minutos con apenas unos pocos discos editados es toda una declaración de principios” (vía Página 12).

Para cuando Winona Ryder subió al pequeño escenario, ya era media noche y todo estaba oscuro, pero la gente estaba lista para experimentar una odisea de tres horas que pusieron a prueba el espíritu y su resistencia.

Desde sus primeros acordes distorsionados y distendidos, quedó claro que la banda no tenía interés en el típico set de festival de 90 minutos, porque se trata de la banda más cruda del under porteño.

Por ende, la performance se construyó sobre versiones ultra extendidas de “Muerte a los Winona Riders”, “Catalán”, “Dopamina”, “A qué suena la revolución” y “Separados al nacer”, que no solo cautivaron la sala, sino que la colonizaron.

La particularidad del show -más allá de las tres horas- radica en su impredecible set que tampoco obedece a su versión de estudio, pero se profundiza a través de un muro de sonido constante, a cargo de seis jóvenes músicos que funcionan como una sola máquina zumbante, que provocan un pogo liberador y el baile unipersonal -por separado y al mismo tiempo- dependiendo la dirección que toman sus improvisadas ruidosas curvas, ante un público que para las 3:00 am. ya estaba envuelta en una confusión placentera.

Cerraron su set con más temas y muy pocas palabras, la música hablaba por sí sola. “Viajando en el asiento de atrás”, “Fiesta en el ascensor” y “Riders” sirvieron para el primer amague de conclusión, antes de último pedido de la gente, que resultó en la muy oportuna “D.I.E (Dance in Ecstasy)”.

Sin lugar a dudas, la importancia de la visita de Winona Riders radica en el público asunceno que esperaba vivir un show intenso y desde el primer momento estuvo dispuesto a conectar con esta propuesta rupturista.

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