Se cumple el décimo aniversario de la partida de David Bowie, el artista que elevó sus obras a un nivel más allá de la música, a través de personajes que acompañaron sus diferentes etapas sonoras.
Hoy recordamos al cantante y compositor británico que aterrizó en este mundo un 8 de enero de 1947 y nos dejó un 10 de enero de 2016, a los 69 años de edad.
Durante las cuatro décadas en las que Bowie hizo música, actuaron varios personajes creados por él mismo, para identificar sus diferentes eras camaleónicas, portando estilos completamente extravagantes, dentro de un hombre que siempre será uno de los íconos de la moda masculina más elegantes y disruptivas de la historia.
Por esa razón, repasamos esas etapas que sirvieron como el manifiesto de un artista que ofreció una visión diferente e influyó a millones durante su paso por un mundo que lo agradece y extraña.
El David Bowie espacial (1969 a 1971):
En 1969, Bowie realizaba su aterrizaje musical solista con ‘Space Oddity’, en el año lunar que situó al músico en una posición estratosférica, anticipando lo que sería un viaje espacial de 40 años, mediante los sonidos del folk y la psicodelia, que se materializó en el disco ‘Hunky Dory’ (1971).
El David Bowie glam (1972 a 1974)
En 1972 nacía el glamoroso y alienígena “Ziggy Stardust”, cuya misión era revolucionar la moda y la música, dentro de “un mundo moribundo”.
Los discos que tradujeron esa etapa fueron: ‘The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars’ (1972) y ‘Aladdin Sane’ (1973).
El David Bowie duque blanco (1974 A 1976):
Para mediados de los setenta, Bowie dio un giro sonoro hacia el soul y el funk, con un nuevo y elegante alter ego llamado “The Thin White Duke”, que aparece en el disco ‘Station to Station’.
Esta era quedó marcada por sus “astronómicos” excesos de sustancias y la vida de estrella de rock consumida. Bowie describió esta era como “la más cruel”.
El David Bowie berlinés (1977 a 1979)
A finales de 1976, Bowie se mudó de Los Ángeles a Berlín, Alemania, para vivir en anonimato y escapar de sus adicciones, mediante la experimentación sonora con músicos vanguardistas como Brian Eno, con quien trabajó en una trilogía discográfica, que incluyó sonidos electrónicos y abstractos, que se vieron reflejados en ‘Low’ (1977), ‘Heroes’ (1977), y Lodger (1979).
El David Bowie circense (1980 a 1983):
Durante la “segunda invasión británica”, David Bowie supo adaptarse a la moda Pop/New Romantics, a través de canciones más “comerciales”, por su finalidad radial y bailable, mediante éxitos como “Let’s Dance” (1983).
El alter ego que definió esta exitosa era se denominó “Pierrot”, un personaje que representa al artista como un payaso triste que sufre mientras entretiene a las masas.
El mismo figura en la portada del disco Scary Monsters (1980) y en el video de ‘Ashes to Ashes’.
El David Bowie industrial (1988 a 1997):
En los 90, Bowie experimentó con el hard rock, junto a la banda Tin Machine (1988 a 1992), y con el sonido industrial colaborando con Trent Reznor en “I’m a Afraid of Americans” (1997).
En 1997 celebró sus 50 años, organizando un festival en el Madison Square Garden, con las bandas alternativas que él admiraba como: Pixies, The Smashing Pumpkins, Placebo, Sonic Youth, Foo Fighters y más.
El David Bowie experimentado (2000 a 2002):
En el nuevo milenio, Bowie experimentó un resurgimiento con un disco de Grandes Éxitos y encabezó el festival de Glastonbury en el año 2000, ante una nueva generación que lo respetaban y celebraban su trayectoria.
En 2002 lanzó el disco ‘Heathen’, su trabajo más reflexivo y maduro, de cara a un inminente retiro de los escenarios.
El David Bowie profeta ciego (2013 a 2016):
En el ocaso de su majestuoso paso por este mundo, en 2013 lanzó el disco ‘The Next Day’, un trabajo de corte neoclásico que fue muy celebrado por sus fans quienes se negaban a verlo como un retirado.
Finalmente, su último personaje fue “el profeta ciego”, con el que lanzó ‘Blackstar’, un día 7 de enero de 2016, un día previo a su último cumpleaños y dos días antes de su arribo hacia otra galaxia, tras haber dejado una huella imborrable en su paso por esta tierra.